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lunes, 1 de junio de 2015

El teatro en el siglo XVIII

El teatro en el siglo XVIII


En la primera mitad de este siglo continuó con la producción barroca del siglo anterior. Autores de esta tendencia son José de Cañizares con la boba discreta y Antpnio de Zamora con las zarzuelas Todo lo Vence el Amor y Celos no guardan el respeto.

A mediados de los cincuenta, se observa un teatro neoclásico, mñas evidente en los setenta y, sobre todo, en los ochenta aunque estas tuvieron un recibimiento demasiado frívolas.

Paralelamente se desarrolló un teatro costumbrista, cuya expresión más destacada fueron los sainetes, piezas breves que presentaban tipos y costumbres populares del siglo XVIII. Destaca Ramón de la Cruz con obra como El petimetre o El Manolo.

Los autos sacramentales fueron desapareciendo progresivamente hasta su prohibición en 1765 Y igual suerte para las comedias de santos en 1788.

El teatro neoclásico.


El teatro neoclásico se apoya en la claridad, la sobreidad y la naturalidad, y tiene como objetivo la imitación de acciones humanas.

Este teatro fue más verosimil debido a que este respeta la regla de las tres unidades (acción, tiempo y lugar) y atiende al decoro. Este implica la adecuación a la realidad  y las convenciones morales, el respeto por la verdad histórica, la vestimenta de los personajes, etcétera. El número de personajes no excedía los ocho o diez personas y sólo tres o cuatro a la vez.

La tragedia neoclásica.

Escrita en verso cuyos personajes eran nobles o reyes del pasado, tenía una finadad didáctica: La pasión debía ceder a la razón y la obligación. Destaca Vicente García de la Huerta, Nicasio Álvarez de Cienfuegos...

La comedia neoclásica.

Experimentó un largo proceso de asentamiento en la realidad española. Escrita en prosa o verso , está protagonizada por personajes comunes  por medios de los cuales se ridiculizan los vicios de la sociedad. Al final se recompensa la virtud y la verdad en aras de la razón y el buen sentido. Destacan La petietra de N. Fernandez de Moratín y El señorito mimado, de Tomás de Iriarte.

Leandro Fernández de Moratín.


Empezó escribiendo poesía clasicista pero desarrolló su principal actividad como literato en el ámbito teatral. En todas ellas es notorio el carácter didáctico.
Leandro Fernández de Moratín

El sí de las niñas.

Escrita en 1801, se estrenó en Madrid en 1806 con un éxito rotundo.

Su argumento es sencillo: doña Irene ha concertado un matrimonio de su hija doña Paquita, de sólo dieciséis años, con el sesentón de don Diego. La chica está enamorada del joven militar don Carlos que es sobrino de don Diego. Enterado de la situación, don Diego renuncia a Paquita y permite casarse a los jóvenes. En la obra se combina elementos cómicos y sentimentales. En ella se brinda el modelo de una organización social y una actitud basadas en la razón. Don Diego ejemplifica una autoridad justa a la que deben someterse los súbditos; por su parte, doña Irene, representa el mundo anticuado.

El sí de las niñas respeta las normas del teatro de esta época ya que además de su finalidad didáctica, respeta las tres unidades dramáticas La prosa es natural y sencilla , y en los diálogos prima la agilidad; a ello contribuyen los escasos soliloquios, que, además, son muy breves.

Tanto esta obra como La mojigata fueron prohibidas por la Inquisición en 1815. Renovada la prohibición en 1823, esta obra se volvió a mostrar en 1834 con cortes de censura.

El sí de las niñas.

Acto I

Escena I

DON DIEGO, SIMÓN
Sale DON DIEGO de su cuarto, SIMÓN, que está sentado en una silla, se levanta.
DON DIEGO.- ¿No han venido todavía?
SIMÓN.- No, señor.
DON DIEGO.- Despacio lo han tomado, por cierto.
SIMÓN.- Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto desde que la
llevaron a Guadalajara...
DON DIEGO.- Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de visita y
cuatro lágrimas estaba concluido.
SIMÓN.- Ello también ha sido extraña determinación la de estarse usted dos días
enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y, sobre todo, cansa la mugre
del cuarto, las sillas desvencijadas, las estampas del hijo pródigo, el ruido de campanillas y
del cuarto, las sillas desvencijadas, las estampas del hijo pródigo, el ruido de campanillas y
cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y patanes, que no permiten un instante
de quietud.
DON DIEGO.- Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos: el
Corregidor, el señor Abad, el Visitador, el Rector de Málaga... ¡Qué sé yo! Todos. Y ha sido
preciso estarme quieto y no exponerme a que me hallasen por ahí.
SIMÓN.- Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. Pues ¿hay más en esto que haber
acompañado usted a Doña Irene hasta Guadalajara para sacar del convento a la niña y
volvernos con ellas a Madrid?
DON DIEGO.- Sí, hombre; algo más hay de lo que has visto.
SIMÓN.- Adelante.
DON DIEGO.- Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y no puede tardarse
mucho... Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo digas... Tú eres hombre de bien, y me
has servido muchos años con fidelidad... Ya ves que hemos sacado a esa niña del convento
y nos la llevamos a Madrid. 


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